EL ANZUELO DEL ZORRO
EL ANZUELO DEL ZORRO

Por: Jorge Quenta

“¡Un zorro… un zorro!” Y allí estaba el orejudo y rabudo, refrescando su peludo cuerpo con las inquietas aguas del rio Sama, que avanzaba con la rapidez de una serpiente en la arena, en medio de la aridez de la costa.

En el transcurrir de los siglos los antiguos peruanos nos han ido dejando su cosmovisión a través del arte narrativo, donde abundan los relatos de cóndores, vicuñas, picaflores y otros animalitos del universo andino, y donde el zorro parece tener el papel estelar. Personaje legendario con múltiples roles, el zorro es porfiado, escurridizo, lujurioso y voraz. Por eso, su destino es casi siempre el castigo y la burla. Al igual que en las fábulas de Esopo, sus aventuras -o desventuras- parecen enseñarnos la prudencia como valor primordial. Una amiga, muy entendida en narraciones andinas, dice que hay una gran diferencia de astucia y malicia entre el zorro costeño y el zorro serrano.

Los años cincuenta eran, todavía, tiempos de abundancia. Nuestros ríos costeños estaban cargados de alimento y de vida. Era común que los zorros descendieran de los cerros para participar del festín.

Bajó un zorro, cautelosamente, mirando para uno y otro lado, con cara de fastidio, como para evitar a los molestos e intrusos humanos. Parecía decir: “¿Yo les molesto? ¡Ustedes molestan! Nosotros ya estábamos aquí miles de años antes que ustedes llegaran”.

Y así fue como el zorro llegó a la orilla. Sus ojillos escudriñaban el agua, mientras su filudo hocico parecía el espolón de una antigua galera, lista para arremeter contra el enemigo del rio.

No era temporada de lluvias. El agua era limpia, casi transparente, podían adivinarse a lo crustáceos, en su rápida marcha, arrastrados por el rio impetuoso.

Era divertido ver al zorro mover la cabeza, como si fuera un faro hocicudo que quiere alumbrar en la oscuridad de la noche. Pero este zorro se las sabía todas. A poco, de espalda a las aguas, empezó a balancear su largo rabo, como si fuera una caña de pescar, una peluda caña cuya puntita estaba dentro del agua, moviéndose como si fuera un insecto, un gusanillo… una carnada.

¡Fuajj! Así de rápido el zorro sacó la cola del agua, con un camarón agarrado. El crustáceo cayó en la pedregosa orilla, con pequeño rebote. El astuto zorro volvió a meter el rabo en las aguas, volvió a sacarlo con un camarón. Uno y otro fueron cayendo los camarones, volando por los aires… y rebotando en la orilla.

Fue así como el rabudo se dio un festín de camarones. Es la increíble pero verídica historia del astuto y pícaro zorro sameño.