Las brujas de Sama
Las brujas de Sama

Por: Jorge Quenta

“A mí me contaban que en Coruca las brujas vuelan en viernes. Se iban a un sitio llamado Pampa Cerrillo. En ese cerrito volaban las brujas en escoba. Se clavaban un esperma en el c… le prendían fuego, se montaban en su escoba y se iban volando. Así contaban pe’ los antiguos…”

Entre serio y divertido, don Sebastián se sumerge en su mundo de recuerdos, cuando todavía eran abundantes y cotidianas las historias de brujas, especialmente las brujas  “maleras”.

Antes de que la tecnología se metiera en todos los ámbitos de nuestra vida, invadiendo hasta nuestros espacios más íntimos y antes de que la globalización engullera antiguos usos y tradiciones, la cuenca del rio Sama tenía fama de sitio de brujas, tanto como Cachiche en Ica, o como Salem en los Estados Unidos. Se hablaba de mujeres que se transformaban en animales, de mujeres que fabricaban y usaban extrañas sustancias, de mujeres que andaban en grupo en busca de incautos, de brujas que volaban en escobas o con sus propias alas, cual diablesas de cintas de horror.

Coruca, hoy todavía un sitio famoso por su exuberante producción camaronera, no era menos famoso por sus brujas maleras.

Se cuenta que, en cierta ocasión, las brujas le habían echado brujería a un policía. Este, con las huellas del daño en el rostro, se había quejado a sus compañeros. Enterados del caso, sus superiores organizaron una redada. Atravesaron raudamente los polvorientos caminos y llegaron, al fin, a Coruca. “No estén echando cara ni brujerías, sino vamos a llevarlas a Tacna y las vamos a someter a latigazo público”, gritó el jefe, amenazante. De eso han tenido miedo y decidieron nunca más hacer esas cosas”.

“La gente de aquí no es buena, decía mi padre. Las brujas eran negritas. Ahora ya no hay esas personas… se han acabado, ha venido gente de Candarave y de todos sitios. La gente tenía miedo de venir a Coruca. Mi padre no quería que comamos cosas de aquí. Te invitaban a comer… ¡come!, te decían, te sobaban el hombro y te convencían. A los días, la piel te quedaba blanca, como de sapo. Otras veces hasta llegabas a vomitar camarones vivos”.

Sama las Yaras era otro valle conocido y temido por sus historias de brujas. “En Las Yaras había brujas, señoras que hacían el mal, que hacían daño… y lo hacían por pura maldad”.

Cierta vez, hace varias décadas, un par de amigos planearon ir de cacería a las pampas, en busca de los veloces guanacos. Como no tenían armas, se las pidieron prestadas a un amigo que vivía en Las Yaras. Este dio su visto bueno, les prestaría un par de escopetas, pero cuando fueron a buscarlo no lo encontraron.

Los recibió la madre del amigo, pero dijo desconocer el pedido y se negó obstinadamente a prestarles las armas. Finalmente, con cara de pocos amigos, la señora accedió, y les prestó las dos escopetas.

Salieron muy de noche hacia la soledad de la pampa. Caminaron, en medio del viento y la arena, oteando el horizonte, en busca de los camélidos, que tenían fama de ser muy veloces. No por nada existía la frase “corre como guanaco”.

Avanzaban, muy optimistas, sintiendo ya el olor del asado. Asado de guanaco. Nada como la carne silvestre, pensaban. En eso vieron, a lo lejos, una lucecitas, apenas visibles. “Vamos a tirarnos para allá”, dijeron, pensando estar cerca de la carretera, con los pocos autos y los pocos faroles de aquel entonces.

Siguieron y siguieron… guiados por las luces, hacia un lugar donde se sabía que deambulaban guanacos, siempre en manadas. Y así seguían, muy entusiastas, hasta que empezó a amanecer ¡Habían estado llegando hasta la entrada de Ite! Esas brujas nos han jodido! ¡Brujas de m…! Nos han llevado hacia abajo, se dijeron los frustrados cazadores, casi al unísono. La señora se había burlado de ellos, los había desviado hacia otro lugar.

Amargados más que asustados, volvieron sobre sus pasos, para volver al hogar.

Contaban en aquellos tiempos, que las brujas se divertían mucho haciendo extraviar a los viajeros. Hacían que estos caminaran en círculos. ¡Y lo hacían por pura maldad!